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JULIO ROSALES

1º CUENTO PUBLICADO

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1.885 - 1.970
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Primera Publicación
1º CUENTO PUBLICADO
EL FOTÓGRAFO
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GENEALOGÍA SIGLO X I X
LUISA A. GIL de ROSALES 1896 - 1986

P   O   L   A   C   O



a Pedro Emilio Coll 

 

Era como un paisaje triste y raro, uno de esos cromos extranjeros que representan singulares escenas de los países de la nieve, en medio de los corredores de nuestras casas, junto a los patios cuajados de flores y de sol, aquel polaco rapazuelo en medio de la familia oriunda del trópico.

Lo veían con la curiosidad y recelo que inspira una cosa indescifrable. Le temían. Y así lo maltrataban cuando atropellaba con alguno de los chicos de la casa, sus contemporáneos y compañeros.

Lo conservaban como un juguete raro porque estaba envuelto en romántico sortilegio: su procedencia – una procedencia remota, creída extraterrena, poética y milagrosa.

Tal vez por la ignorancia de aquella familia criolla, muy pagada de su sol, de su primavera lujuriante y de su cielo, siempre azul, sufría el rapazuelo el holocausto de su humanidad. Siempre le estaban espiando en la mueca habitual de sus labios una malevolencia supuesta: siempre le estaban atentos al rostro sanguinio, a los ojos sombríos, y crispábanse ante sus tardías cóleras de naturaleza rudimentaria y hostigada.

Por esto era más solo allí en aquella tierra extraña, en aquel paisaje ajeno que había sorprendido su visión de niño, casi con una violencia intrusa, desterrando a las lontananzas de su recuerdo la perdida región nativa.

* * *

Cierta mañana llegó a la casa de la familia una vendedora de baratijas. Traía un churumbel consigo. Y mientras que las mujeres pasaban de mano en mano el oropel de la quincalla ambulante, con primitivo encanto, el rapaz desatado de las faldas de la buhonera se fue a enrolar en la turba bulliciosa que corriendo y cabriolando jugaba en torno del tazón de patio.

La quincalla se revolvía y zarandeaba en manos de las mujeres. El churumbel corría y corría con los otros, trepando al brocal de la pila... De pronto unas manos traviesas lo lanzaron en medio del agua, que lo aprisionó en su gélido abrazo, casi hasta ahogarlo... ¡La cosa hizo gracia! El estrépito del lloro de la criatura en zozobra fue asordado por un turbión de aplausos, locos, atronadores, que se extendió a las mujeres, y un guirigay infantil. Solo la buhonera, grave y doliente, guardaba en silencio sus baratijas; una chispa de encono o de despecho como de fiera torva vibrante en la pupila.

Y aquél día el chicuelo se quedó en la casa, a los ruegos y zalemas de las mujeres, un tanto ufano de sus camaradas alegres. La madre, a fuer de buena aventurera errabunda, se marchó, sin un adiós tierno o pesaroso, al hombro su caja de quincalla, y con su estribillo gangoso en pos de nuevos caminos, bajo el sol de oro.

Desde entonces “el Polaco”, como lo llamaban en la casa, recordó que había tenido una madre como la de sus amigos, y una patria distante, borrosa y melancólica. Entre cuyos recuerdos flotaba vagamente su espíritu, lleno de un oculto rencor hacia aquel rapaz atrabiliario que lo había hecho caer en el tazón de la pila.

El polaco, al jugar, era desatentado y voluntarioso. A menudo el restallar del látigo dejaba en sus carnes la huella de sangre que no descubrían las carnes del criollo rudo y moreno. Si le veían apacible era sólo en las quietas noches cuando el Polaco narraba a la Nena de la casa mentirosas historias, historias nunca aprendidas, forjadas más al calor de la belleza y amor de la muchacha que al de su lúcida fantasía.

Porque el Polaco la amaba... no menos que lo amaba ella a él.

Así, solos y arrinconados, mientras los varones dormían fatigados del día, y la gente mayor se aburría en pesadas tertulias, en la sala discreta, el rapaz dominaba su sueño o su fatiga para decirle su pasión calidamente revesada en el encanto de ficticias historias, fantasías que la Nena coronaba de sonrisas suaves y satisfechas.

* * *

Pero un día riñeron el Polaco y el criollo a consecuencia de cualquier futileza. El Polaco recibió del criollo violento nueva humillación a su fragilidad y desmirriez. Pero rebozando en su oculto rencor de oriental, malsano y torvo, bajo el dolor de la funesta bofetada descargada por la mano del otro.

Esto sucedía en el patio de la casa, en cuyo centro el tazón de la pila guardaba el reposo del agua, fría y cristalina... Bajo el dolor del golpe y ante la vista del agua, clara y serena como si lo retase con irónica sonrisa, el Polaco sintió invadirlo la cólera, y cayendo sobre el criollo con tremendo ímpetu entregó su cuerpo al agua. Tal como en prometido desagravio de aquella vez en que el criollo brutal había turbado con el cuerpo del Polaco rapazuelo el sueño del agua, que dormía bajo el cielo azul y las cayenas que en el patio abrían sus ávidas bocas rojas.

Entonces acudieron las mujeres, airadas y en guardia, convencidas al fin de la perversidad supuesta. En presencia al fin de la maldad temida. ¡Aquella mueca habitual de los labios! ¡Aquellos ojos sombríos y maléficos! ¡Aquellas violentas cóleras! ¡Su procedencia, su raza!...

Allí el padre del criollo rasgó en cruel acceso de ira la piel del extranjero con el filo del látigo, en roja trenza de sangre. Y las mujeres temerosas de un mal hechizo, lo violentaron hasta las puertas, al cerrárselas sumiéndolo en un nuevo desamparo…

En tanto la Nena veía, a través de una brillante, como se iba aquel día el rapaz, la marcha a la aventura, en la más genuina expresión del alma de su raza: de camino, bajo todos los soles.

 

Julio Rosales – El Cojo Ilustrado, No. 331. 1905.

T U    A P O Y O

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